Un hombre de montaña escuchó: «¿Podemos quedarnos con sus sobras?» durante la cena, y luego vio los ojos que lo destrozaron

Parte 2

Cervera no necesitó más que 1 vacilación en la mirada de 1 minero para fijarse en el rincón donde Silas estaba plantado como 1 muro. Avanzó despacio, mientras Castañeda y 2 auxiliares llevaban la mano al cinto. Silas no desenfundó cuchillo ni carabina; esperó. Cuando Cervera intentó apartarlo con el revólver, Silas le atrapó la muñeca con 1 brutalidad seca que hizo crujir el hueso. El disparo se fue al techo. En el mismo movimiento, lanzó al comandante contra 1 mesa y la cantina estalló. Volaron botellas, sillas y maldiciones. Varios hombres del pueblo, que odiaban a Castañeda desde hacía años, se fueron encima de los auxiliares. En medio de la pelea, el cantinero Tomás Ochoa abrió la cocina y les gritó que salieran por atrás. Silas no perdió 1 segundo. Agarró a Josefina por el brazo, metió a la niña dentro de su abrigo y los 3 escaparon al callejón mientras detrás quedaban gritos y madera rota. Afuera, el aire mordía como vidrio molido. Josefina apenas podía correr; llevaba 6 días huyendo, casi sin comer. Aun así siguió a Silas entre corrales y bardas derrumbadas hasta llegar al patio ferroviario. Allí vieron la verdad: el tren de medianoche seguía sobre las vías, pero no era salvación sino carnada. A lo largo de los vagones caminaban hombres armados con linternas, y el conductor que debía ayudarlas no aparecía por ninguna parte. Josefina entendió que el robo de la diligencia no había sido casualidad y que Arturo había ido cerrando el cerco desde antes de que ella escapara. San Laureano no era refugio. Era la trampa final. Silas miró el patio, miró la tormenta, miró a la niña escondida contra su pecho y tomó la única decisión posible: subir. La sierra era mortal, pero mentía menos que los hombres de abajo. El ascenso comenzó entre ráfagas que los empujaban hacia el barranco. Silas iba adelante, abriendo huella, cargando a la niña y tirando de Josefina cuando el viento la doblaba. La pequeña, que dijo llamarse Amalia, no lloró ni 1 vez; solo se aferró a la camisa de Silas con 2 manos heladas. Ese gesto le partió algo por dentro. Josefina resistió lo que pudo, pero el hambre, los golpes viejos y el frío terminaron por quebrarla. Cayó 2 veces. La segunda se quedó de rodillas en la nieve, lista para rendirse. Silas volvió sobre sus pasos, la levantó con ambas manos y no le ofreció consuelo suave, sino 1 verdad feroz: no había soportado 10 años de infierno para morir allí. La arrastró casi 1 kilómetro más hasta 1 vieja bocamina abandonada que él usaba como refugio de tormenta. Adentro levantó 1 lona en la entrada, encendió fuego, puso mantas junto a las llamas y calentó agua. Solo entonces Josefina recuperó algo de color y pudo contarle la parte que Silas jamás había imaginado: Arturo había interceptado la carta de fuga 10 años atrás, había entregado a Silas a los hombres del padre de ella y, al amanecer siguiente, le mostró a Josefina 1 pedazo de camisa ensangrentada para convencerla de que él estaba muerto. Más tarde, cuando ella lo vio vivo desde 1 carruaje en Chihuahua, Arturo también se lo confesó y la amenazó con terminar el trabajo si intentaba buscarlo. Josefina no se casó por ambición; se enterró viva para que Silas siguiera respirando. Esa verdad le reventó en el pecho con más fuerza que cualquier golpe. Por primera vez en 10 años, Silas la miró sin rencor. La niña se quedó dormida pegada a su costado, y durante 1 momento el fuego convirtió aquella cueva miserable en algo parecido a 1 hogar roto. Pero la tregua duró poco. Sobre el bramido del viento empezó a colarse 1 sonido bajo, rítmico y espantoso. Eran perros. Cervera no había esperado al amanecer. Había soltado la jauría montaña arriba.

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