Parte 3
Silas no conocía el pánico; la sierra lo castigaba a quien se permitía ese lujo. Mientras los ladridos se acercaban, fue hasta el fondo de la bocamina y sacó de entre las piedras 3 cartuchos viejos de dinamita que guardaba de 1 excavación abandonada. Josefina lo miró con el terror pintado en la cara, abrazando a Amalia contra el pecho, y entonces llegó el último golpe de verdad: entre los gritos de afuera, Cervera anunció que Arturo no solo pagaba por recuperar a su esposa, sino 5000 pesos para que la niña sufriera 1 accidente en la nieve y desapareciera para siempre. Ahí terminó de pudrirse todo lo que aún quedaba del pasado. Arturo no había querido ocultar a su hija; había querido borrarla. Silas besó la frente de Josefina, le dejó a Amalia 1 manta más sobre el cuerpo y salió al temporal con la carabina, la dinamita y 1 calma feroz. Se colocó sobre 1 saliente de roca justo encima de la entrada. Abajo, entre linternas amarillas y nieve hasta las rodillas, Cervera avanzaba con 3 hombres y la jauría tirando de las correas. Silas encendió la mecha, lanzó la dinamita hacia la cornisa cargada de nieve que colgaba sobre el paso angosto y disparó 1 sola vez. El eco abrió la montaña como si hubiera despertado 1 bestia enterrada. Primero vino 1 crujido hondo, luego el rugido. La ladera completa se desprendió en 1 masa blanca que se tragó perros, hombres, linternas y soberbia. Silas se arrojó hacia la bocamina en el último instante y la avalancha cerró el paso con toneladas de hielo y barro. Cuando el estruendo terminó, solo quedó el silencio más espeso que Josefina había oído en 10 años. La tormenta selló la tumba de Arturo sin que Arturo estuviera allí para verla, pero le arrebató al fin los brazos que aún la alcanzaban. Al llegar la primavera, Silas, Josefina y Amalia cruzaron la sierra hacia el oeste y levantaron 1 casa pequeña entre pinos y tierra húmeda, lejos de jueces comprados, hombres armados y apellidos malditos. Silas aprendió a volver a reír cuando Amalia corría hacia él con las botas llenas de lodo. Josefina volvió a dormir sin despertarse ahogada de miedo. Y algunas noches, cuando el viento bajaba frío entre los árboles, los 3 se sentaban juntos frente al fuego. Entonces ella miraba a Silas como si todavía no pudiera creer que seguía vivo, y él la cubría con la misma paciencia con la que había cubierto aquella mesa en la cantina. La montaña había sido cruel, pero al menos no había mentido: después de 10 años de oscuridad, todavía quedaba 1 pedazo de vida que nadie pudo enterrar.