—Josefina…
Ella tardó 1 segundo en reconocer al gigante barbudo frente a ella. Cuando lo hizo, perdió el color del rostro.
—¿Silas?
Las piernas le fallaron. Él la sostuvo antes de que cayera. Luego la llevó al rincón, sentó a la niña y les acercó el sartén todavía caliente.
—Coman.
La pequeña se lanzó sobre la carne. Josefina, en cambio, miró la comida como si le diera vergüenza existir.
—No puedo.
—Sí puedes.
—De toda la gente… tenía que encontrarme así.
—Cómaselo.