“Sí.”
Es la única promesa que importa ahora.
Te pones de pie despacio y preguntas: “¿Puedes caminar bien?”
Ella asiente, luego de inmediato niega con la cabeza, como intentando corregirse con honestidad. “Un poquito.”
“Está bien.” Mantienes la voz firme por pura fuerza. “Vamos a ver a un médico.”
Sus ojos se abren de golpe. “Mamá dijo que no doctores.”
Claro que lo dijo.
Casi te ríes por la brutalidad de lo obvio que se ha vuelto todo. No doctores significa no registros. No registros significa no reporte. No reporte significa que el moretón se queda dentro de la familia, donde la familia puede renombrar la violencia como estrés y seguir adelante antes de acostarse.
Te vuelves a agachar para quedar a su altura.
“Vamos a ir con un médico”, dices. “Porque te duele la espalda, y los médicos ayudan con espaldas lastimadas. Eso es todo.”
Ella estudia tu cara por un largo instante.
Luego, muy bajito: “Está bien.”
Le pones los zapatos tú mismo.
Te mueves por la casa con una precisión extraña, como si tu cuerpo hubiera decidido hacerse cargo mientras tu mente se pone al día. Billetera. Llaves. Teléfono. Una sudadera para Sofía porque las noches refrescan rápido en Guadalajara y porque los niños asustados necesitan capas. No llamas a Mariana. Todavía no. No anuncias nada. No dejas una nota.
En la cocina ves la mancha de jugo en el piso, cerca de la isla.