Un espacio utilitario estrecho con piso de baldosa, detergente en el estante, un foco débil en el techo y apenas suficiente lugar para que una niña se quede de pie sintiéndose castigada y sola. Te imaginas a Sofía ahí con la luz apagada porque derramó algo o lloró o se movió demasiado lento o simplemente existió mal en uno de los malos días de Mariana.
La rabia sube tan rápido que tienes que agarrarte del marco de la puerta.
Tu hermana, de pie detrás de ti, no dice nada durante mucho rato.
Luego: “No sabías.”
Debería consolarte.
No lo hace.
Porque no saber todavía deja a una niña herida.
Reúnes la ropa de Sofía, sus libros, sus zapatos de danza, sus mantas favoritas, la lamparita amarilla con forma de luna y la foto enmarcada de segundo de primaria que ella odia porque dice que una ceja se ve “sorprendida”. En su cuarto encuentras algo que casi te detiene el corazón: un papel doblado escondido en la parte de atrás de la gaveta del buró.
Es una lista escrita con lápiz, con letras desiguales.
No derramar.
No llorar.
Decir perdón rápido.
Quedarse quieta.
No decirle a papá.
Te sientas en el borde de la cama porque de pronto las piernas dejan de sostenerte.
Los niños escriben manuales de supervivencia cuando viven en una guerra que nadie más admite que existe.