La voz era idéntica. La voz con la que me acompañó durante cuarenta y tres años. La voz con la que me decía “buenos días”, con la que se enfadaba por dinero, con la que me juraba amor en noches de frío.
Yo temblaba.
—Soy Elena… tu mujer.
Busqué una foto en el móvil y se la mostré casi pegándosela a la cara. Él la miró. Sus ojos se cerraron apenas un instante. Y luego negó con firmeza.
—Me llamo Ricardo Molina. Nunca vi esa foto en mi vida.
Ricardo.
Pero su mano… su mano era la misma. Le pedí que levantara la izquierda. Y allí estaba, como un golpe: el meñique torcido, roto en la adolescencia, esa pequeña deformación imposible de inventar.
Me dijo que tenía que irse. Empujó su carrito hacia las cajas. Y yo, sin poder detenerme, lo seguí.
La casa verde mar
Lo vi pagar en efectivo y salir sin billete. Se subió a un coche viejo, blanco, con una abolladura en la puerta trasera. Memorice la matrícula. Me subí a mi coche y lo seguí.
No sé cómo no choqué. Tenía el corazón tan acelerado que apenas podía respirar.
Llegó a una casa común, pintada de verde mar, con una valla blanca y un jardín pequeño. Entró con bolsas de supermercado… y entonces la puerta se abrió.
Salió una mujer más joven que yo, lo recibió con una sonrisa que no era de cortesía: era de esposa. Le dio un beso, tomó una bolsa… y dos niños aparecieron corriendo.
—¡Abuelo! ¿Trajiste helado?
Él se río. Esa risa torcida que yo conocí.
Los cuatro entraron. La puerta se cerró.
Me quedé en el coche, paralizada, llorando sin entender en qué momento mi mundo se había vuelto una pesadilla. Seis meses de luto. Seis meses de noches abrazada a una almohada con el olor que aún quedaba. Y él… estaba ahí, vivo, con otra vida.
Y entonces me atravesó una pregunta como un rayo: