Aunque hablábamos en susurros, una parte de nosotros sabía que estábamos exagerando, pero la incomodidad no desaparecía.
Dos adultos, completamente desconcertados por una mancha indefinible en el suelo. Un extraño recordatorio de la fragilidad de nuestra percepción de la normalidad cuando un elemento ajeno aparece en un lugar que creemos familiar.
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