Dábamos vueltas a su alrededor sin parar, inseguros de si era inofensivo o peligroso. Mi novia se preocupaba por la presencia de toxinas o daños ocultos. Yo intentaba tranquilizarla, aunque estaba igual de inquieto. El verdadero problema era la incertidumbre: nuestra imaginación llenaba cada vacío inventando algo peor.
Cuando finalmente descubrimos de qué se trataba realmente —un moho viscoso inofensivo pero de aspecto extraño que suele aparecer en zonas húmedas— el alivio no fue inmediato.
No había ningún peligro, nada grave. Sin embargo, esta experiencia me dejó marcado.
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