Dos fechas distintas que suelen confundirse
El primer punto clave es entender que no todas las fechas impresas en los envases significan lo mismo. La mayoría de los países distingue entre dos tipos principales: la fecha de caducidad y la fecha de consumo preferente. Aunque parecen similares, sus implicaciones son muy diferentes.
Fecha de caducidad
La fecha de caducidad indica el momento a partir del cual un alimento puede representar un riesgo para la salud. Se aplica a productos altamente perecederos, como carnes frescas, pescado crudo, comidas preparadas refrigeradas y ciertos lácteos sin pasteurizar. Una vez superada esta fecha, el producto no debe consumirse, incluso si su apariencia, olor o sabor parecen normales, porque pueden haberse desarrollado microorganismos peligrosos.
Fecha de consumo preferente
La fecha de consumo preferente, en cambio, se refiere a la calidad del producto, no a su seguridad. Indica hasta cuándo el fabricante garantiza que el alimento conservará sus propiedades organolépticas óptimas: sabor, textura, color y aroma. Después de esa fecha, el producto puede seguir siendo seguro durante días, semanas e incluso meses, aunque quizás haya perdido algo de frescura. Esta etiqueta es común en pastas secas, conservas, galletas, arroz, snacks, chocolates y muchos otros alimentos estables.
¿Quién decide cuándo vence un alimento?
Una de las preguntas más interesantes es quién determina esas fechas. La respuesta sorprende: en la mayoría de los casos son los propios fabricantes quienes las definen, siguiendo lineamientos regulatorios generales pero con bastante margen de decisión.
Las empresas realizan pruebas de laboratorio y estudios de estabilidad para estimar cuánto tiempo el producto mantiene su calidad ideal. Sin embargo, suelen aplicar márgenes de seguridad amplios por varias razones:
- Protegerse legalmente frente a posibles reclamos.
- Asegurar que el producto llegue al consumidor en condiciones óptimas.
- Estimular la rotación del inventario en góndola.
- Fomentar nuevas compras antes de lo estrictamente necesario.
Esto explica por qué muchos alimentos siguen siendo perfectamente comestibles bastante después de la fecha impresa, especialmente cuando llevan la leyenda “consumir preferentemente antes de”.