No era paz.
Pero ya no era guerra.
Y para nosotros, eso contaba como progreso.
Los domingos por la tarde, la abuela empezó a venir a cenar.
Traía pastel o algún guiso, se sentaba en la mesa de la cocina donde yo hacía la tarea, y me contaba historias sobre mi abuelo—el hombre terco al que, al parecer, me parecía más de lo que nunca había entendido.
Coloqué flores frescas en la repisa junto a la foto de papá.
Rosas amarillas.
Sus favoritas.
Solo lo supe porque Patricia Callahan me lo dijo.