Cuando Richard dirigió el helicóptero hacia un sector más aislado del cielo, respiró hondo, listo para ejecutar su plan. Comentó con naturalidad:
—“¿Por qué no te acercas a la puerta para tener una mejor vista, querida?”
Amelia, siempre confiada en su marido, se acercó al borde de la puerta abierta. Sin dudarlo, Richard la tomó del brazo y, con un movimiento rápido y violento, la empujó fuera del helicóptero.
Amelia gritó mientras el viento cortaba su rostro, pero su grito se interrumpió con una sorprendente realidad: ella ya estaba preparada para esto. Había sospechado de las intenciones de Richard y, durante los últimos meses, había tomado precauciones… precauciones que nadie, ni siquiera Richard, hubiera podido anticipar.
Mientras Amelia caía en el aire, sus pensamientos se agolpaban. Siempre había sabido que Richard era ambicioso, pero nunca imaginó que llegaría tan lejos. Él siempre había mostrado una profunda admiración por su riqueza, pero jamás pensó que intentaría apropiársela de una manera tan brutal. Pero Amelia no era solo una magnate tecnológica multimillonaria; también era increíblemente estratégica, y hacía tiempo que sospechaba que Richard buscaba algo más que su amor.
Años atrás, después de una experiencia cercana a la muerte en un accidente automovilístico, Amelia se había vuelto hipersensible a la gente que la rodeaba. Sabía lo peligrosa que podía ser la codicia, especialmente entre quienes estaban más cerca. Y empezó a prepararse para lo peor. Su equipo de seguridad había colocado una serie de paracaídas ocultos en los lugares más inesperados: uno de ellos estaba adherido a su asiento en ese mismo helicóptero. Amelia también había tomado clases de vuelo, no para pilotar, sino para sobrevivir en caso de emergencia.
Mientras el viento silbaba a su alrededor, Amelia buscó detrás de ella y encontró el paracaídas oculto bajo su abrigo. Rápidamente se ajustó el arnés, rezando para que le quedara tiempo suficiente. El helicóptero ya era una mancha lejana arriba, y el mundo debajo parecía estar a años de distancia.
Con una calma que solo provenía de años de preparación, Amelia tiró de la anilla, desplegando el paracaídas. El tirón repentino la elevó, deteniendo en seco su caída. Su corazón latía con fuerza, pero estaba viva, y eso era lo único que importaba.
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Amelia descendió suavemente, aunque el suelo se acercaba más rápido de lo que esperaba. Estaba a punto de aterrizar cerca de una pequeña granja aislada que había comprado precisamente para emergencias como esta. Al acercarse al terreno, realizó un aterrizaje perfecto. A pesar del shock de la caída, no sufrió daño alguno. Su mente cambió de inmediato al modo de supervivencia.
Su teléfono vibró al tocar el suelo. Richard había escrito: “¿Dónde estás?” Él no tenía idea de que ella seguía viva. Amelia sonrió con ironía mientras miraba a su alrededor, dándose cuenta de lo fácil que le había resultado burlar a su esposo. Pero el juego estaba lejos de terminar.