No, no recordaba exactamente qué palabras había usado. No, no le había preguntado más detalles porque no le pareció raro. No, no había oído nada extraño, ni gritos, ni forcejeos. Sí, estaba seguro de la hora aproximada porque después de que Nerea se fuera, él se había quedado viendo la televisión y recordaba que empezó la telenovela de las dos.
Los investigadores encontraron algo extraño en su declaración. Si Nerea se había ido después de comer, como Sebastián afirmaba, habría sido sobre las 2 men4 o las 2. Pero cuando Rosario llegó a las 2:15, Sebastián ya había terminado de comer, había lavado su plato y estaba viendo las noticias de las dos tranquilamente. para una niña de 11 años.
Comer, limpiar y que su abuelo también terminara todo eso en menos de 30 minutos parecía muy justo. Pero Sebastián insistía en que así había sido. También había algo en su actitud que varios de los guardias civiles encontraron perturbador, aunque no podían explicar exactamente qué. El cabo José Manuel Fuentes, uno de los primeros en interrogarle, diría años después, era demasiado tranquilo.
Su nieta acababa de desaparecer y él hablaba como si estuviera describiendo qué había comido ayer. Sin emoción, sin nerviosismo, sin rastro de preocupación. Me ponía los pelos de punta, pero eso no es evidencia de nada. Durante las primeras 72 horas, que son cruciales en casos de menores desaparecidos, se desplegó un operativo masivo.
Más de 100 efectivos de la Guardia Civil, voluntarios de Protección Civil y vecinos del barrio, peinaron cada rincón de Albacete y sus alrededores. Se utilizaron perros de rastreo que seguían el olor de Nerea desde su edificio, pero las pistas se perdían siempre en la misma zona, a unos 50 m del portal, donde los perros daban vueltas confundidos entre los múltiples olores de la calle.
Se dragó el río, se revisaron pozos abandonados, se inspeccionaron edificios en construcción. se interrogó a todos los vecinos del barrio, prestando especial atención a cualquier persona con antecedentes. Un hombre de 32 años que vivía tres calles más allá y tenía una condena previa por exhibicionismo, fue interrogado intensivamente durante dos días, pero su coartada resultó ser sólida.
Estaba en Madrid visitando a su madre con recibos de peaje y testigos que lo confirmaban. La hipótesis de fuga voluntaria también se investigó a fondo. ¿Tenía Nerea algún motivo para huir? Se entrevistó a sus profesores, compañeros de clase, a la bibliotecaria municipal que la conocía de sus visitas semanales. Todos describían a una niña introvertida, pero aparentemente sin problemas graves.
Mercedes Sánchez, su profesora de sexto, proporcionó un detalle interesante. Nerea había empezado a faltar a clase ocasionalmente durante el último trimestre. Nada alarmante, dos o tres días al mes, siempre con justificante médico firmado por su madre. Cuando volvía, parecía más callada de lo habitual, pero cuando le preguntaba si estaba bien, siempre decía que sí.
Rosario no recordaba haber firmado tantos justificantes. Revisaron su letra con los justificantes que el colegio había archivado. La caligrafía coincidía con la suya, pero cuando los expertos forenses los examinaron más detenidamente, encontraron pequeñas inconsistencias en la presión del bolígrafo y en el espaciado entre letras.
La conclusión era ambigua. Podría ser que Rosario hubiera firmado esos justificantes en momentos de prisa o cansancio. O podría ser que alguien hubiera falsificado su firma. Pero, ¿quién y por qué? Se revisó el expediente médico de Nerea. Las fechas de los justificantes escolares no coincidían con ninguna visita real al médico.
Así que Nerea había faltado a clase varios días durante los últimos meses sin estar realmente enferma. Y alguien había falsificado la firma de su madre. Había sido la propia Nerea. Había aprendido a imitar la firma de Rosario. Era posible. Pero, ¿por qué una niña obediente y buena estudiante haría algo así? ¿Qué hacía durante esos días que faltaba? Rosario, destrozada por la culpa y el miedo, intentaba recordar.