A las 3:30, después de bajar a preguntar a todos los vecinos del edificio y recorrer el parque y las calles cercanas gritando el nombre de Nerea, Rosario Campos llamó a la Guardia Civil. La primera patrulla llegó a las 4:15. Dos guardias civiles, un hombre de unos 40 años y una mujer más joven, subieron al piso y tomaron la declaración inicial. Sebastián repitió su versión.
Nerea había dicho que iba a casa de una amiga después de comer sobre las 2 men4 y se había marchado. No, no había dicho qué amiga ni dónde vivía. No, no le había parecido raro porque Rosario le había dado dinero por la mañana y pensó que tenía permiso para salir. Sí, la niña había comprado el pan por la mañana y había vuelto sin problema.
Habían comido juntos tortilla y ensalada y después ella se había ido. Los guardias civiles preguntaron si Nerea tenía algún motivo para fugarse. Rosario, entre lágrimas, explicó que no, que era una niña obediente, buena estudiante, sin problemas aparentes, problemas familiares. El divorcio había sido años atrás.
El padre apenas tenía contacto. Novios, no. Nerea solo tenía 11 años. Era una niña, amigos con los que pudiera estar. Ya había llamado a todas las personas que se le ocurrían. Tomaron nota de la descripción de Nerea. 11 años, aproximadamente 1,50 de altura, delgada, pelo castaño rizado hasta los hombros, ojos marrones, llevaba una camiseta rosa con dibujo de Minnie Mouse, pantalones cortos vaqueros, zapatillas deportivas blancas.
Una descripción que durante los siguientes días aparecería en todos los periódicos de Castilla la Mancha y se emitiría en los telediarios nacionales. La Guardia Civil activó el protocolo para menores desaparecidos. Se organizaron batidas de búsqueda en los parques cercanos, en los descampados de las afueras de Albacete, en el pequeño río Júcar, que pasaba por las afueras de la ciudad.
Se interrogó a vecinos, comerciantes, a cualquier persona que pudiera haber visto algo. Marcela Torres, de la panadería, confirmó que Nerea había comprado pan sobre las 12:10, que parecía normal, que se había marchado con el pan y el periódico en dirección a su casa, pero nadie más la había visto después de salir de la panadería.
ningún vecino, ningún comerciante, ningún transe, como si Nerea hubiera caminado esos 100 m de vuelta y se hubiera desvanecido en el aire antes de llegar al portal de su edificio, excepto que el pan y el periódico estaban en la cocina del piso cuando Rosario llegó, Sebastián había comido su tortilla sobre la barra del ABC y las dos barras de pan estaban en la panera.
Así que Nerea sí había llegado a casa, había entrado al piso, había dejado la compra, había comido con su abuelo y después, según Sebastián, había salido hacia una casa desconocida de una amiga sin nombre. Durante los primeros días, la investigación se centró en las hipótesis más comunes: secuestro por un desconocido, fuga voluntaria, accidente.
Se revisaron las cámaras de seguridad de los comercios cercanos, pero en 2003 muy pocos establecimientos en esa zona de Albacete tenían cámaras y las pocas que existían no cubrían la ruta entre la panadería y el edificio de los campos. Se entrevistó exhaustivamente a Antonio Ruiz, el padre de Nerea, que vivía en Barcelona. Su coartada era sólida.
Estaba trabajando ese día en una empresa de mudanzas con múltiples testigos que confirmaban su presencia. Además, hacía más de un año que no veía a su hija. Se interrogó repetidamente a Sebastián. Su historia nunca varió. Nerea había vuelto de comprar el pan. Habían comido juntos. Ella había dicho que iba a casa de una amiga del colegio y se había ido.