Nerea asintió y salió de la panadería. Eso fue lo último que alguien, aparte de su abuelo, vio de Nerea Campos durante 15 años. A las 2:15 de la tarde, Rosario Campos regresó a casa para comer, como hacía todos los días en su pausa del mediodía. Subió las escaleras hasta el tercer piso, abrió la puerta con sus llaves y entró.
“Hola”, llamó mientras dejaba el bolso en la entrada. No hubo respuesta. Sebastián estaba sentado en el sofá viendo las noticias de las dos en TVE. Un plato con restos de tortilla y ensalada descansaba sobre la mesita de café delante de él. ¿Dónde está, Nerea?, preguntó Rosario, extrañada de no ver a su hija.
Sebastián tardó un momento en responder, como si estuviera muy concentrado en la televisión. Ha salido, dijo finalmente. Salido. ¿A dónde? Rosario sintió una primera puntada de inquietud. Nerea nunca salía sin avisar. No lo sé. me dijo que iba a casa de una amiga. Sebastián seguía sin mirar a Rosario, sus ojos fijos en la pantalla. De una amiga.
¿Qué amiga? Rosario entró en el salón, su voz subiendo ligeramente de tono. Nerea no tenía muchas amigas y nunca había mencionado que fuera a ir a casa de ninguna. No me dijo el nombre. Una del colegio, respondió Sebastián con un tono de indiferencia que a Rosario le pareció extraño, pero en ese momento estaba demasiado preocupada para analizarlo.
Rosario fue directamente a la habitación de Nerea. La cama estaba hecha, los libros ordenados en la estantería, todo en su lugar habitual. Abrió el armario. La ropa de su hija seguía allí colgada y doblada. Nada parecía faltar. Volvió al salón. ¿A qué hora se fue?, preguntó intentando mantener la calma. No lo sé, Rosario. No estoy pendiente del reloj después de comer, supongo.
Sebastián finalmente la miró con expresión molesta por el interrogatorio. “¿Le diste permiso para ir?” La voz de Rosario temblaba. Ahora no me pidió permiso, simplemente dijo que se iba y se fue. Ya tiene 11 años, no es una bebé. Rosario sintió como el pánico comenzaba a crecer en su pecho. Fue al teléfono fijo del pasillo y empezó a marcar números.
Llamó a las madres de las dos únicas niñas con las que Nerea había jugado alguna vez en el parque. Ninguna de ellas había visto a su hija. Llamó a su hermana, que vivía en el barrio de al lado, pero tampoco sabía nada. Con cada llamada sin respuesta positiva, el miedo se intensificaba. A las 3 de la tarde, cuando Rosario tendría que haber vuelto al trabajo, llamó a su jefa para decirle que no podría regresar, que su hija había desaparecido.