15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer

amaneció con un cielo completamente despejado. La temperatura a las 8 de la mañana ya marcaba 26 gr y los meteorólogos anunciaban que se superarían los 39 ºC por la tarde. Era el segundo día de las vacaciones escolares de verano y Nerea se había levantado temprano, como era su costumbre, incluso sin tener que ir al colegio.

Rosario salió de casa a las 8:20, como cada día laboral. Antes de irse, dejó 20 € sobre la mesa de la cocina. “Nerea, cariño”, le dijo mientras se ponía los zapatos de tacón bajo que usaba para la oficina. “Hoy hace mucho calor. Compra algo para comer que no haya que cocinar mucho, ¿vale? Unos fiambres, tomate, lo que quieras y cómprate algo para ti, un helado o lo que te apetezca.

” Nerea asintió desde el sofá, donde estaba viendo los dibujos animados de la mañana en Tele5. Sebastián aún no se había levantado de su habitación. Sobre las 11 de la mañana, Sebastián salió de su cuarto. Llevaba una camiseta blanca de tirantes que dejaba ver sus brazos musculosos a pesar de la edad, y un pantalón de chándal gris. Se sirvió un café de la cafetera que Nerea había preparado, añadiendo cuatro cucharadas de azúcar.

Como siempre, se sentó en su lugar habitual del sofá, el lado derecho junto a la ventana, y encendió el televisor. En la primera de TBE daban un programa de reportaje sobre la naturaleza. Nerea, dijo Sebastián sin apartar la vista del televisor. Tu madre te ha dejado dinero. Sí, abuelo respondió ella desde su habitación, donde estaba ordenando sus libros del colegio en una estantería.

Pues baja por el pan que se nos ha acabado y trae también el periódico. Nerea apareció en el salón. Llevaba una camiseta rosa claro con un estampado de Minnie Mouse, unos pantalones cortos vaqueros y unas zapatillas deportivas blancas de imitación. Su pelo rizado estaba recogido en una coleta alta.

Cogió los 20 € de la mesa de la cocina y los metió en el bolsillo de su pantalón. ¿Cuántas barras?, preguntó. Dos, respondió Sebastián. Y el ABC. Eran las 11:45 de la mañana cuando Nerea salió del piso. Carmen Ortiz, la vecina del segundo, la vio bajar las escaleras. Buenos días, Nerea. Le saludó. Buenos días, respondió la niña con su voz suave.

Carmen recordaría más tarde ese saludo como algo completamente normal, sin ningún indicio de nerviosismo o preocupación en el rostro de la niña. La panadería estaba a poco más de 100 m del portal, girando a la derecha en la esquina y caminando hasta la siguiente manzana. Era el recorrido que Nerea había hecho cientos de veces, prácticamente todos los días durante los últimos años.

El trayecto normalmente le llevaba menos de 5 minutos en total, contando con hacer la cola y volver. A las 12:10, Marcela Torres, la mujer ecuatoriana que atendía la panadería, vio entrar a Nerea. Recordaría el momento con claridad porque acababa de mirar el reloj, esperando poder cerrar a las 2 para comer. “Hola, Nerea”, saludó Marcela con su acento característico.

“Hola, respondió la niña. Dos barras de pan, por favor.” Marcela cogió dos barras de la cesta, las metió en una bolsa de papel. Algo más. Mi niña, el periódico A B C. Marcela le dio el periódico. Son 2,50. Nerea sacó un billete de 5 € del bolsillo. Marcela le devolvió 2,50timos en monedas. Que tengas buen día, dijo Marcela.

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