15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer

Nerea había terminado el colegio el 20 de junio y su madre estaba intentando organizarle un campamento de verano barato para que no pasara julio entero encerrada en casa con el calor y con su abuelo. Pero el dinero era escaso ese mes y parecía que Nerea tendría que quedarse en Albacete. Los vecinos del edificio conocían a la familia Campos de Vista con ese nivel de familiaridad superficial típico de los bloques de pisos españoles.

Carmen Ortiz, que vivía en el segundo piso, describía a Rosario como una mujer trabajadora, siempre con prisas, pero educada. De Nerea decía que era una niña muy formal, siempre con la espalda recta. Nunca la veías corriendo o gritando como otros críos del barrio. Sobre Sebastián, las opiniones eran más variadas.

Algunos lo veían como un pobre viejo abandonado por su familia, mientras que otros, como Javier Lozano del cuarto piso, comentaban que había algo en su mirada que no me acababa de gustar, aunque no sabría decir exactamente qué. El barrio en sí era un microcosmos típico de la España de principios de los 2000. La panadería donde compraban el pan cada día era regentada por una familia ecuatoriana.

que había llegado a Albacete en la ola migratoria de finales de los 90. El estanco lo llevaba Paco, un hombre de unos 60 años que conocía a todo el mundo y comentaba las noticias del día con quien quisiera escucharlo. Había un pequeño supermercado día, un locutorio desde donde los inmigrantes latinoamericanos llamaban a sus familias y un bar donde los hombres mayores jugaban al dominó por las tardes.

calles olían a una mezcla de comida frita, tabaco y el aroma dulzón del jazmín que trepaba por algunas fachadas. Nerea tenía una rutina bastante establecida. Por las mañanas veía la televisión o leía. Le gustaban especialmente los libros de aventuras de la biblioteca municipal que visitaba una vez a la semana.

A mediodía, cuando el calor apretaba más, preparaba un almuerzo sencillo para ella y su abuelo. Tortilla de patatas, ensalada, macarrones con tomate, platos básicos que había aprendido a cocinar viendo a su madre. Por las tardes a veces bajaba al parque cercano para sentarse en los columpios, aunque casi nunca se columpiaba, simplemente se sentaba allí con un libro, balanceando ligeramente las piernas.

Su madre llegaba sobre las 7:30 de la tarde cansada y juntas preparaban la cena mientras Sebastián seguía en el sofá. Lo que nadie sabía, lo que absolutamente nadie en ese edificio o en ese barrio podía imaginar, era que bajo esa apariencia de normalidad rutinaria, en el piso de los campos se estaba gestando algo oscuro, algo que había comenzado de forma tan sutil e insidiosa que incluso años después los expertos en psicología forense tendrían dificultades para identificar exactamente cuándo y cómo había en pez. Ado, el lunes 23 de junio de 2003

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