Antonio se había marchado con otra mujer a Barcelona y desde entonces solo había llamado esporádicamente enviando cantidades irregulares de dinero que nunca alcanzaban para cubrir las necesidades básicas. Nerea era una niña delgada y alta para su edad, con el mismo cabello castaño de su madre, pero rizado, heredado de su padre. Tenía 11 años, recién cumplidos ese junio de 2003 y acababa de terminar sexto de primaria en el colegio público de la zona.
Era una estudiante aplicada, pero reservada, con pocos amigos en clase. Su profesora, Mercedes Sánchez la describía como una niña madura para su edad, responsable, pero con cierta tristeza en la mirada que no correspondía a alguien tan joven. Nerea, ayudaba mucho en casa. Ponía la lavadora, preparaba la cena algunas noches cuando su madre llegaba tarde del trabajo y cuidaba de su abuelo paterno, Sebastián Ruiz, que vivía con ellas desde hacía 3 años.
Sebastián tenía 68 años en 2003. Era un hombre corpulento, de espaldas aún anchas a pesar de su edad, con manos grandes y callosas de toda una vida trabajando en la construcción. Su rostro curtido por el sol mostraba profundos surcos alrededor de los ojos y la boca. Había enviudado en el año 2000, cuando su esposa Amparo, falleció de cáncer de páncreas tras una breve, pero devastadora enfermedad.
Después de la muerte de Amparo, Sebastián había caído en una depresión profunda, dejando de comer, de asearse, de responder al teléfono. Antonio, su hijo, vivía en Barcelona y apenas mantenía contacto. Así que fue Rosario quien, a pesar de que técnicamente era su exuegro, decidió acogerlo en su casa. No podía dejarlo solo, explicaría más tarde a los vecinos.
era el abuelo de Nerea y ella lo quería mucho. La convivencia en el piso era tensa, pero funcional. Sebastián dormía en lo que había sido el cuarto de costura. Una habitación pequeña sin ventanas quedaba al pasillo. Pasaba la mayor parte del día sentado en el sofá del salón, viendo la televisión o mirando por la ventana que daba a la calle.
A veces farfullaba comentarios sobre los jóvenes de ahora o lo mal que estaba el país, pero generalmente era un hombre silencioso que comía lo que le ponían delante y apenas salía de casa. Rosario trabajaba de lunes a viernes de 9 de la mañana a 2 de la tarde y luego de 4 a 7 de la tarde el horario partido típico de muchas oficinas españolas de la época.
Durante esas horas, Nerea se quedaba con su abuelo. El verano de 2003 había llegado con el calor aplastante característico de Castilla la Mancha, donde las temperaturas podían superar fácilmente los 38 ºC a mediodía. En el piso de los campos no había aire acondicionado, solo un ventilador de pie que Rosario movía de habitación en habitación según la necesidad.