Era un domingo por la tarde cuando el teléfono de la línea directa de información sobre el caso Campos sonó en la comandancia de la Guardia Civil de Albacete. El agente de guardia Tomás [ __ ] levantó el auricular esperando otra de las muchas llamadas de testigos, bien intencionados, pero equivocados, que habían inundado la línea desde que el caso se hizo público.
“Guardia civil, dígame”, contestó Tomás con voz profesional, pero cansada. Hubo una pausa larga al otro lado, luego una voz de mujer tan baja que Tomás tuvo que apretar el auricular contra su oreja para escucharla. Soy yo. Soy Nerea. Tomás se enderezó inmediatamente en su silla, haciendo señas frenéticas a sus compañeros.
“Nerea, Campos”, le preguntó intentando mantener la voz calmada, aunque su corazón latía con fuerza. “¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Estás a salvo? Estoy en no sé exactamente dónde, un pueblo pequeño. He visto un cartel que dice pozuelo. Hay una cabina telefónica en una gasolinera. La voz era monótona, sin inflexión, como si estuviera leyendo un texto sin comprenderlo. Pozuelo.
Tomás estaba ya tecleando en el ordenador. Había varios pozuelos en España. Pozuelo de algo más. ¿Hay más palabras en el cartel? Pozuelo de Calatraba. respondió la voz tras otro silencio. Tomás lo encontró en el mapa Pozuelo de Calatrava, ciudad real, a unos 120 km al sur de Albacete, un pueblo de apenas 1000 habitantes.
Nerea, escúchame con mucha atención. Vamos a ir a buscarte ahora mismo, ¿de acuerdo? Vas a estar a salvo. Necesito que me digas exactamente dónde estás. Dijiste una gasolinera. Es una estación de servicio grande. Es pequeña, Repsol. Está en la carretera principal del pueblo. Perfecto. Puedes quedarte allí.
¿Hay alguien más contigo? ¿Estás herida? Puedo quedarme. Estoy sola. No estoy herida. La voz seguía siendo inquietantemente plana. Nerea, esto es muy importante. Estás en peligro ahora mismo. Alguien te está reteniendo o amenazando. Una pausa más larga esta vez. Ya no. Él está muerto. Lo sabemos. Tu abuelo murió.
Ya no puede hacerte daño. Vamos a enviarte ayuda inmediatamente. ¿De acuerdo? Aguarda en la gasolinera. Entra en la tienda si puedes. Habla con el empleado. Estaremos allí en menos de una hora. No quiero ver a mi madre”, dijo Nerea de repente con un atisbo de emoción en la voz por primera vez. “Todavía no. Por favor, no la traigan.” De acuerdo. De acuerdo. No la traeremos.
Solo vendrán agentes y personal médico. Nadie va a obligarte a ver a nadie hasta que estés lista. Vale. Susurró Nerea. ¿Sigues ahí? Sí. Voy a quedarme contigo al teléfono hasta que lleguen mis compañeros. ¿Te parece bien? No puedo, no tengo más monedas. La voz de Nerea temblaba ahora solo tenía estas. Nerea, espera.
Pero la línea ya se había cortado. Tomás inmediatamente activó el protocolo de emergencia. En menos de 5 minutos, una patrulla de la Guardia Civil de Ciudad Real estaba siendo despachada a pozuelo de Calatraba con instrucciones precisas de localizar a una mujer en la gasolinera Repsol de la carretera principal. Simultáneamente se despachó desde Albacete un equipo especializado en casos de trauma que incluía psicólogos y personal médico. La patrulla de Ciudad Real llegó a Pozuelo en 15 minutos.
Encontraron a Nerea sentada en el suelo junto a la cabina telefónica de la gasolinera, abrazándose las rodillas, mirando fijamente al suelo. El empleado de la gasolinera, un hombre de unos 50 años, estaba a unos metros de distancia, obviamente preocupado, pero sin saber qué hacer.
Nerea Campos? Preguntó con suavidad la agente Julia Romero, acercándose lentamente como se acercaría uno a un animal asustado. Nerea levantó la vista. Sus ojos, esos ojos oscuros que Rosario había buscado desesperadamente durante 15 años miraron a la agente sin reconocimiento ni emoción particular. “Sí”, dijo simplemente.
“Soy la agente Romero de la Guardia Civil. Vamos a llevarte a un lugar seguro donde pueden revisarte médicos y donde estarás protegida. ¿De acuerdo? Nerea asintió y con movimientos lentos y rígidos se puso de pie. Era extremadamente delgada, más de lo que aparentaba en las fotografías. Llevaba ropa que le quedaba grande, unos vaqueros holgados sujetos con un cinturón, una sudadera gris con capucha, zapatillas deportivas que parecían viejas.
Su pelo, ese cabello castaño y rizado que su madre recordaba, estaba corto ahora, cortado irregularmente a la altura de los hombros, como si lo hubiera hecho ella misma sin espejo. En el trayecto al hospital de Ciudad Real, donde el equipo de Albacete se encontraría con ellos, Nerea no habló. Respondía cuando le hacían preguntas directas. No, no le dolía nada.
Sí podía caminar. No, no necesitaba comer ahora mismo, pero no ofrecía información voluntariamente. Se sentó en el asiento trasero del coche patrulla, mirando por la ventana con expresión de absoluta ausencia, como si su mente estuviera muy muy lejos de su cuerpo. en el hospital fue examinada exhaustivamente. Aparte de desnutrición, deshidratación y múltiples marcas de antiguo abuso físico en su cuerpo, no presentaba heridas recientes.
Los médicos determinaron que estaba físicamente estable, aunque recomendaron hospitalización al menos durante unos días para rehidratación y observación. Luego llegó el momento de los interrogatorios. Los psicólogos insistieron en que debía hacerse con extrema delicadeza, que Nerea claramente estaba en estado de shock profundo, que forzarla podría causarle un trauma adicional, pero la investigación necesitaba respuestas.
Necesitaba saber qué había ocurrido realmente durante esos 15 años y, crucialmente, cómo había llegado Nerea desde Albacete hasta Pozuelo de Calatraba. La doctora Alicia Montero, una psicóloga forense especializada en víctimas de abuso prolongado, fue quien condujo las primeras entrevistas. Se hicieron en una habitación confortable del hospital con solo Alicia y Nerea presentes grabando con audio, pero sin cámaras para reducir la presión.
Nerea comenzó Alicia con voz suave. Sé que esto es extremadamente difícil. No tienes que contarme todo ahora. Podemos ir paso a paso a tu ritmo, pero me gustaría que intentaras explicarme cómo llegaste hasta Pozuelo. ¿Puedes hacer eso? Nerea estaba sentada en un sillón, envuelta en una manta del hospital, a pesar de que no hacía frío.
Miraba sus manos que descansaban en su regazo. Él me dejó salir. Dijo finalmente con esa voz plana que los investigadores ya estaban empezando a reconocer como su tono habitual tras años de trauma. Tu abuelo Sebastián te dejó salir. Antes de morir, supo que iba a morir. Como lo supo? Llevaba días diciendo que su pecho le dolía, que le costaba respirar.
El día antes, el 13 de marzo, por la noche, entró en la habitación. No era su hora habitual. Estaba muy pálido, sudando. Me dijo que me tenía que explicar algo importante. Nerea hablaba en un tono monocorde, como si estuviera recitando una lección memorizada. Alicia se dio cuenta de que probablemente era un mecanismo de disociación, una forma de contar una historia sin permitirse sentir realmente lo que estaba diciendo. ¿Qué te explicó? Me dio una bolsa dentro.
Había ropa, esta ropa que llevo y dinero, bastante dinero en efectivo. Y me dijo que cuando él muriera tenía que salir, que la puerta de la habitación estaría abierta, que Rosario, mi madre, estaría dormida o distraída, y que tenía que irme antes de que ella descubriera las fotografías. Él sabía que tu madre encontraría las fotografías.
Sí, las dejó a propósito en un sitio donde ella las encontraría cuando vaciara su habitación después de que él muriera. Dijo que era su confesión, que no podía confesarle a un cura, pero que quería que alguien supiera la verdad, que le gustaba la idea de confesar después de muerto cuando ya no pudiera ser castigado. El cinismo sociopático de Sebastián, incluso desde la tumba, hizo que Alicia sintiera náuseas, pero mantuvo su expresión neutral y profesional.
¿Y qué pasó después de esa conversación? Me explicó cómo llegar a la estación de autobuses de Albacete. Me había dibujado un mapa. Me dijo que comprara un billete a cualquier sitio, que viajara durante unos días, que no llamara a nadie hasta estar lejos, que si llamaba demasiado pronto, tendría que ver a mi madre y explicar, explicar por qué no intenté escapar antes, porque me quedé todos esos años.
Ahí estaba el corazón de la pesadilla psicológica que Sebastián había construido. No solo había mantenido a Nerea físicamente cautiva, sino que había logrado convencerla de que de alguna forma ella era cómplice, que si alguien descubría la verdad, ella sería juzgada. Nerea dijo Alicia con firmeza, pero gentileza. Necesito que entiendas algo muy importante.
Nada de lo que ocurrió fue tu culpa. Eras una niña de 11 años. Lo que tu abuelo hizo contigo fue un crimen terrible. Nadie, absolutamente nadie, te culpa por nada, no por quedarte, no por no escapar, no por nada. ¿Me entiendes? Nerea finalmente levantó la vista y miró a Alicia directamente a los ojos por primera vez. Había lágrimas acumulándose, pero no caían.
“Yo sí me culpo,” susurró. Al principio intenté gritar. los primeros días, pero él ponía música muy alta o esperaba a que mi madre no estuviera y me decía que si gritaba y mi madre me encontraba, tendría un infarto del shock, que la mataría a descubrir lo que había pasado. Así que dejé de gritar y luego luego pasó tanto tiempo que ya no sabía cómo explicar por qué no había gritado antes.