15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer

Cada día que pasaba hacía más difícil la idea de escapar, porque, como iba a explicar los años anteriores, era una lógica de pesadilla, el tipo de trampa psicológica que solo alguien que ha sufrido años de abuso sistemático puede entender. Sebastián había convertido el tiempo mismo en su aliado, usando cada día que pasaba para hacer más imposible psicológicamente para Nerea la idea de revelar lo que estaba ocurriendo. “Continúa contándome qué pasó después de que tu abuelo te diera la bolsa.

” Alicia la guió de vuelta a la narrativa. Murió al día siguiente. Yo lo supe porque dejó de venir. Normalmente venía tres veces al día, por la mañana a mediodía. y por la noche. Pero ese día, el 14 de marzo, no vino por la mañana. Pensé que quizás estaba muy enfermo. Esperé. No vino a mediodía. Entonces empecé a asustarme.

No sabía si había muerto o si simplemente había decidido dejarme morir de hambre. No tenía forma de saber. La puerta seguía cerrada desde fuera. ¿Cuánto tiempo estuviste esperando? Todo ese día y toda la noche y el día siguiente tenía muchísima sed. No había comido desde la noche del 13. Estaba empezando a pensar que iba a morir allí.

Y entonces, la tarde del 16 de marzo, de repente la puerta se abrió. Se abrió sola. No, mi madre la abrió. Estaba del otro lado, pero yo estaba escondida debajo de la cama. La había oído entrar en la habitación. La había oído rebuscando cosas. Estaba aterrorizada. Pensé que si me veía se moriría del shock, como el abuelo siempre decía.

Así que me quedé callada debajo de la cama, conteniendo la respiración. Ella estuvo allí quizás 10 minutos revisando cosas. Luego salió y cerró la puerta, pero no cerró el cerrojo. Y entonces esperé, esperé hasta que se hizo de noche, hasta que todo el piso estaba en silencio. Entonces salí de debajo de la cama, abrí la puerta muy despacio y salí de la habitación por primera vez en 15 años.

La voz de Nerea se quebró por primera vez. Las lágrimas finalmente comenzaron a caer por sus mejillas. No sabía cómo era el piso. Quiero decir, lo recordaba de cuando era niña, pero todo parecía diferente, más pequeño, más oscuro. Fui a la cocina, bebí agua del grifo, muchísima agua. Luego encontré donde mi madre guardaba algo de dinero en un cajón. Cogí todo lo que había y me fui.

¿Viste a tu madre? Pasé por delante de su habitación. La puerta estaba entreabierta. La vi durmiendo en la cama. Me quedé mirándola durante un rato muy largo. Quise despertarla, decirle que estaba viva, que estaba allí, pero no pude. No podía enfrentarme a lo que pasaría después, a las preguntas, a tener que explicar.

Así que simplemente me fui. ¿Cómo saliste del edificio? Bajé las escaleras. Era de madrugada, sobre las 4 o 5 de la mañana. No había nadie. Salía a la calle. Hacía frío, más frío de lo que recordaba que podía hacer. Había estado 15 años en esa habitación sin ventanas, siempre a la misma temperatura.

El aire exterior era era demasiado y había tanto espacio, todo era tan grande, tan abierto. Me mareé. Tuve que sentarme en el suelo durante un rato. Pero finalmente llegaste a la estación de autobuses. Sí. Seguí el mapa que el abuelo me había dibujado. Tardé mucho porque tenía que pararme constantemente. Todo me daba miedo, los coches, las luces, el ruido, incluso cuando no había casi nadie porque era muy temprano. Llegué a la estación cuando estaba abriendo.

Compré un billete al primer sitio que dijeron que salía. Era a Ciudad Real. El autobús salía a las 7 de la mañana y nadie te reconoció. Nadie se dio cuenta de que eras Nerea Campos. Llevaba la capucha puesta, miraba al suelo. El hombre que me vendió el billete apenas me miró. En el autobús me senté al fondo y no hablé con nadie.

En Ciudad Real cogí otro autobús a un pueblo más pequeño, luego otro. Estuve viajando durante tres días de pueblo en pueblo, durmiendo en estaciones de autobús, comiendo solo cuando el hambre era insoportable porque tenía que hacer durar el dinero. Finalmente llegué a Pozuelo. El dinero se me estaba acabando. Sabía que no podía seguir viajando eternamente.

Así que entré en esa gasolinera y pregunté si había una cabina telefónica y llamé. ¿Por qué llamaste? Podrías haber seguido huyendo. Podrías haber intentado empezar una vida nueva en algún lugar. Nerea se quedó en silencio durante mucho tiempo. Cuando habló de nuevo, su voz era apenas un susurro porque me di cuenta de que no tengo vida. No sé hacer nada. No sé cómo funciona el mundo. No tengo papeles.

No tengo educación más allá de sexto de primaria. No tengo amigos, no tengo familia que pueda soportar mirarme. Todo lo que sé es esa habitación y él y ahora él está muerto y la habitación está vacía y yo sigo viva, pero no sé para qué.

Así que llamé porque pensé que al menos si me encontraban, alguien me diría qué se supone que debo hacer ahora. Alicia tuvo que hacer una pausa. Se permitió un momento para recomponerse antes de continuar. Nerea, vas a recibir toda la ayuda que necesites. Terapia, apoyo, educación, lo que sea necesario. Vas a aprender a vivir de nuevo. No va a ser rápido y no va a ser fácil, pero no estás sola.

¿De acuerdo? Nerea no respondió, simplemente se acurrucó más en la manta y cerró los ojos. La historia de Nerea Campos se convirtió en uno de los casos más perturbadores en la historia criminal reciente de España. Los detalles que emergieron en los meses siguientes a través de sesiones de terapia y entrevistas forenses pintaron un cuadro completo del horror psicológico y físico que había sufrido durante 15 años.

Sebastián había comenzado el abuso sexual cuando Nerea tenía 10 años. Aproximadamente un año antes del desaparecimiento, había usado manipulación psicológica, amenazas sobre la salud de su madre y el aislamiento natural de una niña introvertida para mantenerla callada. Los justificantes médicos falsos habían sido su forma de tener tiempo a solas con Nerea durante días enteros, perfeccionando su control sobre ella.

El día del desaparecimiento, después de que Nerea volviera de comprar el pan, Sebastián simplemente le había dicho que ahora viviría en su habitación, que no podía salir nunca más, que su madre no podía saber que estaba allí. Para una niña de 11 años, ya traumatizada por un año de abuso, ya psicológicamente condicionada a obedecer a su abuelo por miedo, esto había sido suficiente.

No había habido forcejeo, no había habido gritos, solo obediencia nacida del terror. Durante 15 años, Nerea había vivido en esa habitación de aproximadamente 8 m². Sebastián le traía comida, normalmente sobras de lo que Rosario cocinaba, diciéndole a Rosario que él tenía mucho apetito.

Le permitía usar el baño solo cuando Rosario no estaba, o muy tarde por la noche. Le llevaba libros ocasionalmente, siempre controlando cuidadosamente que fueran libros que no le dieran ideas sobre escapar o que no mencionaran casos similares de secuestro. Le había cortado el pelo él mismo a lo largo de los años y sí, como las evidencias habían confirmado, la había convertido en su pareja sexual, su esposa, en la realidad retorcida que había construido dentro de esa habitación.

Le había dicho que esto era normal, que en realidad se querían el uno al otro, que esto era lo que hacían las personas que se amaban. Nerea, sin ningún otro punto de referencia, sin acceso al mundo exterior, sin nadie más que ese hombre que era simultáneamente su abusador y su única conexión humana, gradualmente había desarrollado una dependencia psicológica de él que los expertos reconocían como una forma extrema de síndrome de Estocolmo.

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