15 años desaparecida — su abuelo confesó que vivían como marido y mujer

Análisis posteriores confirmarían que contenían material genético de Sebastián y de Nerea. El horror de la situación comenzó a hacerse claro. Sebastián no solo había secuestrado a su nieta y la había mantenido cautiva durante 15 años. La había convertido en su compañera sexual, su esposa, en su retorcida realidad.

La confesión que daría título al caso, vivían como marido y mujer. No era una exageración periodística, era literalmente lo que había ocurrido en esa habitación durante década y media. Los psicólogos intentaron reconstruir cómo había sido posible. Nerea tenía solo 11 años cuando desapareció. Sebastián, con 68 años era la única figura de autoridad en su vida durante muchas horas del día mientras Rosario trabajaba.

El proceso, dedujeron los expertos, probablemente había comenzado mucho antes del desaparecimiento oficial. Los justificantes escolares falsos, las ausencias de Nerea durante el último trimestre antes de desaparecer, todo empezaba a cobrar sentido. Sebastián probablemente había estado preparando a Nerea durante meses. Abuso psicológico sutil, aislamiento gradual, posiblemente abuso sexual que había comenzado antes del 23 de junio de 2003.

Para cuando llegó ese día, Nerea ya estaba lo suficientemente traumatizada y controlada como para obedecer cuando su abuelo, después de que volviera de comprar el pan, le dijo que no podía salir más, que tenía que quedarse en su habitación, que su madre no debía saber que estaba allí. Pero, ¿cómo era posible mantener ese secreto durante 15 años en un piso de tres habitaciones donde también vivía otra persona? Los investigadores encontraron la respuesta en los detalles arquitectónicos de esa habitación sin ventanas y con paredes gruesas de una construcción antigua. Sebastián había instalado en algún

momento un cerrojo adicional en la puerta que solo se podía abrir desde fuera. Esa habitación se había convertido en una prisión perfecta. Sebastián controlaba cuándo Nerea comía. le llevaba comida de las comidas que Rosario preparaba diciéndole que él tenía mucho apetito. Controlaba cuándo podía ir al baño, solo cuando Rosario no estaba en casa o por la noche cuando ella dormía profundamente por la medicación.

controlaba todo aspecto de su existencia y sobre todo había controlado su mente. Los expertos en síndrome de Estocolmo y abuso prolongado explicaron como después de años de cautiverio, especialmente cuando este comienza en la infancia, la víctima puede desarrollar una dependencia psicológica del abusador. Es un mecanismo de supervivencia.

Nerea probablemente había llegado a aceptar su situación porque la alternativa mental, mantener la resistencia durante 15 años simplemente no era sostenible para la psique humana. Pero todo esto no respondía a la pregunta más urgente. ¿Dónde estaba Nerea ahora? Sebastián había muerto el 14 de marzo. Nerea había escrito su último mensaje en el armario el 11 de marzo. ¿Qué había pasado en esos tres días? Había muerto.

Nerea también había escapado después de la muerte de su abuelo. Sebastián había hecho algo con ella antes de morir. Se organizaron nuevas batidas de búsqueda. Se revisaron cámaras de seguridad de toda Albacete de las semanas anteriores, buscando algún rastro de una mujer que se pareciera a Nerea. Se alertó a hospitales, albergues, estaciones de tren y autobús.

Se emitió su descripción actualizada. basada en las fotografías recientes, mujer de 26 años, aproximadamente 160 de altura, muy delgada, cabello castaño rizado, posiblemente en estado de desorientación o trauma. El caso se convirtió en noticia nacional. Los titulares eran cada vez más perturbadores.

Niña desaparecida fue retenida por su abuelo durante 15 años. El horror en Albacete. Abuelo convirtió a su nieta en su pareja, 15 años secuestrada en la habitación de al lado. El piso de los campos fue asediado por periodistas. Rosario tuvo que ser trasladada temporalmente a un piso de protección de testigos para evitar el acoso mediático.

Los investigadores interrogaron a todas las personas que habían tenido cualquier tipo de contacto con Sebastián en sus últimos meses de vida. médicos que lo habían visitado ocasionalmente, el primo de Murcia que había venido al funeral, antiguos compañeros de construcción con los que había trabajado décadas atrás.

Nadie había visto nunca nada que pudiera sugerir lo que estaba ocurriendo en esa habitación. Se revisó el historial telefónico de Sebastián. No tenía móvil. El teléfono fijo del piso mostraba muy pocas llamadas salientes en los últimos años, principalmente para pedir citas médicas que luego nunca cumplía. No había compras online, no había movimientos bancarios sospechosos.

Sebastián había vivido una vida increíblemente aislada, lo cual probablemente había facilitado mantener su secreto. El análisis de las fotografías proporcionó más pistas perturbadoras. Los metadatos de las digitales, las más recientes, habían sido tomadas con una cámara digital barata que Sebastián debía haber comprado en algún momento, mostraban que la última había sido tomada el 8 de marzo de 2018, 6 días antes de su muerte.

En esa fotografía, Nerea aparecía muy enferma, acostada en la cama con expresión de dolor. Había estado enferma. Sebastián la había cuidado. ¿O había ocurrido algo peor? Los forenses buscaron rastros de sangre en la habitación con luminol. Encontraron algunas manchas muy pequeñas y antiguas, consistentes con menstruación o pequeñas heridas a lo largo de los años, pero no había evidencia de violencia extrema o asesinato reciente. Se revisaron todas las propiedades a nombre de Sebastián.

Solo tenía ese piso que en realidad seguía a nombre de Rosario. No tenía ninguna casa de campo, ningún almacén, ningún lugar donde pudiera haber trasladado a Nerea. Entonces, ¿dónde estaba? Los días se convirtieron en semanas.

Se hicieron llamamientos públicos para que Nerea, si estaba viva y libre, se pusiera en contacto con las autoridades. Se aseguró que no era sospechosa de ningún crimen, que solo querían ayudarla, que nadie la culpaba por lo que había sufrido. Rosario, en sus interrogatorios, intentaba desesperadamente recordar cualquier detalle que pudiera ayudar. En los últimos días antes de que Sebastián muriera, recordó en una sesión, lo noté más nervioso de lo habitual.

Murmuraba cosas que no entendía. Algo sobre hay que hacer lo correcto y no puede seguir así. Pensé que estaba delirando, que su mente finalmente se estaba yendo, pero ahora pienso, “¿Y si sabía que iba a morir? ¿Y si hizo algo? planeó algo. Esta línea de pensamiento abrió nuevas posibilidades.

¿Había organizado Sebastián algún tipo de escape para Nerea antes de morir? ¿Le había dado dinero, documentación falsa, instrucciones para huir? ¿O por el contrario había decidido que si él moría, Nerea también debía morir para mantener el secreto? Se intensificó la búsqueda de cuerpos en las afueras de Albacete. Se utilizaron perros cadáver en zonas rurales cercanas. Se dragaron de nuevo pozos y estanques. Nada.

La incertidumbre era agonizante. Para Rosario, el descubrimiento de que su hija había estado viva todo ese tiempo a metros de distancia era casi tan devastador como el desaparecimiento original. Había vivido 15 años llorando a una hija que pensaba perdida cuando en realidad Nerea estaba siendo torturada en la habitación contigua.

El peso de esa culpa de esos y si hubiera prestado más atención de todos los debería haber notado algo. La estaba matando más efectivamente que cualquier enfermedad física. Y entonces, el 15 de abril de 2018, 32 días después de la muerte de Sebastián, llegó la llamada que cambiaría todo.

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