Revisó debajo de la cama solo polvo y un par de calcetines viejos. Abrió de nuevo el armario sacando toda la ropa, buscando una puerta secreta, un compartimento oculto, cualquier cosa. Golpeó las paredes buscando huecos. levantó el colchón. Nada, solo una habitación normal, pequeña, sofocante. Entonces vio algo que había pasado por alto inicialmente en la parte interior de la puerta del armario, a baja altura, había arañazos en la madera, muchos arañazos formando palabras.
Rosario se arrodilló para leerlos mejor. Estaban escritos con algo afilado, probablemente una uña, rasguñando la madera con desesperación a lo largo de años. Mamá, ayuda. Por favor, Dios, que alguien me encuentre. Ya no puedo más. Quiero morirme. Y fechas, muchas fechas rasguñadas en la madera. La más antigua que Rosario pudo distinguir era 26 junio 2003, 3 días después del desaparecimiento. La más reciente, 11 marzo 2018.
3 días antes de la muerte de Sebastián, Rosario comenzó a gritar. Gritó tan fuerte y durante tanto tiempo que los vecinos alarmados llamaron a la policía pensando que estaba siendo atacada. Cuando los agentes llegaron y la encontraron en esa habitación, rodeada de fotografías y señalando los arañazos en el armario, comprendieron inmediatamente que algo terrible había sido descubierto.
La investigación que siguió fue una de las más complejas y perturbadoras en la historia reciente de la Guardia Civil en Castilla la Mancha. Un equipo de investigación criminal, forenses, psicólogos y expertos en casos de secuestro fue desplegado inmediatamente al piso de los campos. La primera pregunta urgente era, ¿dónde estaba Nerea ahora? Los análisis forenses de la habitación revelaron información devastadora.
Se encontraron cabellos largos, castaños rizados en la cama y el suelo que análisis de ADN posteriores confirmaron que pertenecían a Nerea Campos. Las fechas de los mensajes rasguñados en el armario confirmaban que había estado en esa habitación al menos hasta el 11 de marzo de 2018, apenas 3 días antes de la muerte de Sebastián. Pero no había señales de Nerea en el piso.
Ahora no había ropa suya en ningún lugar, excepto la de su habitación infantil intacta desde 2003. No había rastros recientes de su presencia en el resto del piso, solo en esa habitación. Los investigadores interrogaron a Rosario intensivamente. Ella insistía entre lágrimas histéricas que no había sabido absolutamente nada, que nunca había oído nada.
que Sebastián mantenía su habitación cerrada con llave, que apenas le permitía entrar, que ella respetaba su privacidad porque era un hombre mayor y merecía su espacio. “Pero nunca escuchó nada”, le preguntaban los investigadores. “Ningún ruido, ningún grito, nada en 15 años.” Rosario se retorcía las manos intentando recordar.
El piso era viejo, las paredes gruesas. Ella tomaba medicación fuerte para dormir desde hacía años. Sebastián la había ido convenciendo gradualmente de que era mejor que ella durmiera con tapones en los oídos porque él tosía mucho por la noche y no quería molestarla. Había sido todo una estrategia para que no oyera nada.
Los vecinos fueron interrogados de nuevo. ¿Habían escuchado algo a lo largo de los años? Carmen Ortiz del segundo piso recordaba que ocasionalmente, muy ocasionalmente, había oído como golpes o voces apagadas desde el piso de arriba, pero vivir en un edificio de pisos significa oír constantemente ruidos de los vecinos.
Nunca le había parecido particularmente alarmante. A veces pensaba que Rosario estaba moviendo muebles o que habían puesto la televisión muy alta, explicaba, devastada por la culpa de no haber prestado más atención. Los expertos forenses analizaron las fotografías encontradas en el sobre.
Había más de 100 tomadas a lo largo de 15 años. Las primeras mostraban a Nerea claramente en estado de shock, con los ojos muy abiertos, el rostro pálido. En las fotografías de los años intermedios, su expresión era de resignación completa, casi de vacío. En las más recientes, parecía mayor de lo que debería aparentar para sus 26 años, con profundas ojeras y una delgadeza, lo más perturbador era la progresión que las fotografías revelaban.
No solo documentaban el encarcelamiento físico de Nerea, sino algo mucho peor. En algunas de las fotografías más recientes, Nerea no estaba sola. Aparecía Sebastián junto a ella con el brazo alrededor de sus hombros. En una, ambos miraban a la cámara, probablemente con un temporizador. En otra, Nerea tenía la cabeza apoyada en el hombro de Sebastián. No parecían fotografías de un secuestrador y su víctima.
Parecían fotografías de una pareja. La idea era tan nauseabunda que los investigadores inicialmente no querían ni considerar esa posibilidad, pero las evidencias se acumulaban. En el análisis forense del colchón de la cama se encontró ADN de ambos, mezclado de forma que sugería contacto sexual. En un cajón del armario, ocultos debajo de ropa vieja, se encontraron preservativos usados.