El caso volvió a archivarse como sin resolver y así llegó el año 2018. 15 años después de aquel 23 de junio en que Nerea Campos salió a comprar pan y nunca volvió. Rosario tenía ahora 49 años, pero aparentaba 20 más. Sebastián con 82 seguía vivo contra todo pronóstico, encerrado en su habitación la mayor parte del tiempo. Y en algún lugar del mundo, teóricamente, Nerea tendría 26 años, una mujer adulta que quizás había construido una vida nueva o quizás nunca tuvo la oportunidad de crecer.
¿Qué había pasado realmente con Nerea Campos? En 15 años nadie había encontrado una respuesta, pero eso estaba a punto de cambiar de la forma más perturbadora imaginable. El 14 de marzo de 2018, un miércoles por la tarde, Sebastián Ruiz sufrió un infarto fulminante. Estaba en su habitación solo cuando ocurrió.
Rosario lo encontró tres horas después, cuando fue a llamarlo para cenar y no obtuvo respuesta. abrió la puerta de su habitación, que habitualmente estaba cerrada con llave desde dentro, y lo encontró tirado en el suelo junto a su cama, con el rostro púrpura y los ojos abiertos, sin vida. Rosario llamó al 112, pero los paramédicos que llegaron 20 minutos después confirmaron que Sebastián llevaba muerto probablemente desde el mediodía.
Tenía 82 años, una larga historia de problemas cardíacos sin tratar y había muerto de forma rápida, probablemente sin mucho sufrimiento. El médico forense que acudió para certificar la muerte determinó que no había nada sospechoso. Era simplemente un anciano con múltiples factores de riesgo que había sufrido un infarto masivo. Rosario sintió nada, o quizás demasiadas cosas mezcladas para identificar una emoción concreta.
Ese hombre había sido el suegro de su exmarido, el abuelo de su hija desaparecida, su compañero de piso durante 18 años, el último testigo de los últimos momentos de Nerea y ahora estaba muerto. No sentía tristeza exactamente, tampoco alivio, solo un entumecimiento extraño, como si su capacidad para sentir se hubiera agotado hacía años.
El funeral fue discreto, casi vacío. Asistieron tres o cuatro vecinos antiguos del edificio, un primo lejano de Sebastián, que apareció desde Murcia, y sorprendentemente José Manuel Fuentes, el guardia civil jubilado que nunca había podido olvidar el caso Campos. Antonio Ruiz, el hijo de Sebastián y padre de Nerea, llamó desde Barcelona diciendo que no podría asistir por problemas de salud.
Sebastián fue incinerado, como había especificado en un testamento muy simple que dejó en un cajón de su habitación, junto con instrucciones básicas sobre dónde esparcir sus cenizas. En cualquier campo cerca de Albacete le daba igual. Después del funeral, Rosario tuvo que enfrentarse a vaciar la habitación de Sebastián.
Durante 15 años esa habitación había permanecido cerrada la mayor parte del tiempo, territorio privado del anciano. Rosario apenas había entrado allí solo ocasionalmente para limpiar superficialmente o cambiar las sábanas cuando Sebastián se lo permitía, que era raramente. Dos días después del funeral, el 18 de marzo de 2018, Rosario abrió la puerta de la habitación de Sebastián con la intención de empezar a ordenar sus pertenencias.
La habitación era pequeña, sin ventanas, como había sido originalmente un cuarto de costura, una cama individual, un armario viejo de madera, una mesita de noche con lámpara, una silla, las paredes pintadas de un color beige apagado con manchas de humedad en las esquinas. Olía acerrado a vejez, a una persona viviendo en un espacio demasiado pequeño.
Rosario comenzó con el armario. Ropa vieja. La mayoría desgastada y manchada, decidió tirarlo casi todo, excepto un par de camisas que parecían en buen estado y que podría donar a Cáitas. En los cajones del armario encontró documentos, el DNI de Sebastián, algunas fotografías muy viejas de cuando estaba casado con Amparo, cartas amarillentas de décadas atrás.
Todo lo metió en una caja de cartón para revisar con más calma después. Luego fue a la mesita de noche. En el cajón superior había medicamentos caducados, gafas de leer rotas, pilas gastadas, el tipo de basura que se acumula con los años. Iba a tirar todo cuando vio que debajo de todo había un sobre grande, marrón, del tipo que se usa para documentos importantes. Lo sacó.
Estaba cerrado, pero no sellado, no. Con el corazón comenzando a latir más rápido, sin saber exactamente por qué, Rosario abrió el sobre. Dentro había fotografías, muchas fotografías. La primera que vio le detuvo el corazón. Era Nerea, pero no la Nerea de 11 años que había desaparecido. Era Nerea mayor, adolescente. Llevaba el pelo más largo.
Su rostro había perdido la redondez infantil, pero era inconfundiblemente ella. En la fotografía, Nerea estaba sentada en lo que parecía ser la misma habitación donde Rosario se encontraba ahora, en esa cama, llevando un camisón blanco, mirando a la cámara con una expresión que Rosario no supo cómo interpretar.
Tristeza, resignación, miedo. Con manos temblorosas, Rosario sacó las demás fotografías del sobre. Había docenas. Nerea a diferentes edades, desde los 11 o 12 años hasta hasta fotografías que parecían ser muy recientes. Nerea con 20, 21, 25 años, todas tomadas en esa misma habitación.
En algunas estaba sentada en la cama, en otras de pie junto al armario, en algunas dormida, en unas pocas estaba de espaldas, mostrando su espalda desnuda con moratones visibles. Rosario sintió que iba a vomitar. El sobre cayó de sus manos. Las fotografías se esparcieron por el suelo. Se apoyó en la pared, deslizándose hasta quedar sentada, sin poder apartar la vista de las imágenes dispersas delante de ella.
Su hija Nerea había estado allí en esa habitación durante 15 años a metros de distancia, en el mismo piso donde Rosario había llorado su desaparición, donde había guardado su habitación intacta como un santuario, donde había vivido con la agonía de no saber qué había sido de ella. Y Sebastián, Sebastián había no podía completar el pensamiento, era demasiado monstruoso.
Rosario no sabe cuánto tiempo estuvo allí sentada en el suelo, rodeada de esas fotografías en esa habitación que de repente se sentía como una tumba. Podría haber sido 10 minutos o 2 horas. Cuando finalmente pudo moverse, lo primero que hizo fue buscar desesperadamente cualquier señal de que Nerea todavía estuviera allí, de que siguiera viva, de que hubiera alguna forma de salvarla.