Quizás estaba en el baño y luego había vuelto a salir. Pero esta teoría tenía sus puntos débiles. ¿Por qué Sebastián no había mencionado que la niña había entrado, dejado el pan y salido de nuevo? ¿Por qué insistir en que habían comido juntos? Y si realmente habían comido juntos, ¿cómo encajaba eso con la supuesta salida posterior a casa de una amiga? Otra teoría más oscura era que Sebastián sabía más de lo que decía, que quizás había visto algo desde la ventana o había oído algo, pero por alguna razón no quería hablar. Quizás, especulaban algunos, sentía culpa por no haber
protegido a su nieta, por haberla dejado salir sola. Pero esto tampoco explicaba por qué mentir sobre haber comido juntos o por qué inventar la historia de la amiga del colegio. En 2015, Rosario sufrió un pequeño infarto. Pasó una semana en el hospital y cuando volvió a casa estaba aún más débil, moviéndose con dificultad, medicada hasta las cejas.
Sebastián, ahora con 80 años y cada vez más deteriorado físicamente, apenas podía cuidarse a sí mismo, mucho menos a otra persona. Una asistente social intentó que Rosario aceptara ayuda domiciliaria, pero ella se negó. “No quiero extraños en casa, decía. No quiero que toquen las cosas de Nerea.” El piso se convirtió en un lugar cada vez más sombrío.
Las cortinas permanecían cerradas. Casi siempre el olor a humedad, a comida recalentada, a abandono, se pegaba a las paredes. Los vecinos, cuando pasaban por delante de la puerta del tercero, aceleraban el paso como si la tragedia fuera contagiosa. En 2016, 13 años después del desaparecimiento, Rosario fue diagnosticada con diabetes tipo 2.
Su estado de salud general era tan precario que los médicos le advirtieron que si no cambiaba sus hábitos, comía mal, no hacía ejercicio, apenas salía de casa. Su expectativa de vida se reducirían drásticamente, pero Rosario parecía no importarle. Quizás, en el fondo, no quería vivir mucho más. Solo seguía viva por esa absurda, persistente, torturadora esperanza de que su hija pudiera volver.
Sebastián, mientras tanto, se había vuelto cada vez más extraño. A veces hablaba de Nerea como si acabara de verla. “Nerea me ha preparado la comida hoy.” Le decía a Rosario que al principio se alarmaba, pensando que su suegro había perdido la razón. Luego se dio cuenta de que Sebastián simplemente estaba confundiendo el pasado con el presente, que su mente octogenaria mezclaba los recuerdos de cuando Nerea vivía allí con el presente vacío.
O al menos eso era lo que Rosario pensaba. En 2017, 14 años después, la Guardia Civil revisó el caso una vez más como parte de una iniciativa nacional para revisar todos los casos de menores desaparecidos con nuevas tecnologías de análisis de datos. Un equipo de tres investigadores jóvenes que no habían estado involucrados en la investigación original.
Leyeron todo el expediente, entrevistaron de nuevo a testigos y utilizaron software de reconocimiento facial para buscar a Nerea en bases de datos de toda Europa. No encontraron nada nuevo, pero uno de los investigadores, la agente Carolina Blasco, quedó intrigada por un detalle del caso.
En la declaración original de Sebastián, él había dicho que Nerea se fue después de comer a casa de una amiga. Pero los vecinos que fueron interrogados en 2003 no recordaban haber visto a Nerea salir del edificio por la tarde. En un edificio como ese, con vecinos que pasaban mucho tiempo en casa por el calor del verano, era estadísticamente raro que absolutamente nadie la hubiera visto salir.
Carmen Ortiz la había visto bajar por la mañana, pero nadie la vio subir después de comprar el pan y nadie la vio volver a bajar por la tarde. Carolina Blasco presentó esta observación a sus superiores, sugiriendo que quizás valía la pena reinterrogar a Sebastián ahora con 82 años. Pero sus superiores decidieron que después de tanto tiempo y con el estado de salud del anciano era poco probable que se obtuviera nueva información.