La Guardia Civil investigó desplazando a Rosario hasta Murcia para que identificara a la joven. Rosario se subió al tren con el corazón en un puño, permitiéndose imaginar el reencuentro, las lágrimas, las explicaciones, el perdón. Pero cuando llegó al restaurante y vio a la joven en cuestión, supo de inmediato que no era su hija. Se parecían vagamente.
Ambas tenían pelo rizado y ojos oscuros, pero no eran hereerea. Rosario volvió a Albacete completamente destruida, sin siquiera llorar ya, como si hubiera agotado todas sus lágrimas. Sebastián cumplió 75 años en 2010. Su salud comenzó a deteriorarse, problemas de próstata, hipertensión, dolores en las articulaciones, pero se negaba a ir al médico.
¿Para qué? Masculaba cuando Rosario insistía. Pasaba aún más tiempo en su habitación saliendo solo para comer e ir al baño. A veces Rosario lo oía toser violentamente por la noche, pero cuando iba a ver si estaba bien, él le gritaba que lo dejara en paz. Hubo momentos en los que Rosario consideró seriamente el suicidio.
Tenía pastillas suficientes guardadas de todos sus tratamientos psiquiátricos a lo largo de los años. Algunas noches las sacaba, las contaba, calculaba si serían suficientes, pero algo siempre la detenía en el último momento. Esa pequeña e irracional esperanza de que Nerea pudiera volver y la culpa insoportable de no estar allí si eso ocurría.
Así que guardaba las pastillas de nuevo y continuaba con su vida mecánica. levantarse, preparar café, sentarse en el sofá, ver televisión sin realmente verla, preparar algo de comida, acostarse día tras día, año tras año. En 2013, 10 años después del desaparecimiento, hubo una pequeña concentración en el parque del barrio para recordar a Nerea.
Existieron unas 20 personas, la mayoría activistas de asociaciones de personas desaparecidas que ni siquiera conocían personalmente a la familia. Rosario no pudo siquiera pronunciar las palabras que había preparado. Rompió a llorar en cuanto vio la pancarta con la fotografía de su hija.
Esa fotografía que se había vuelto tan icónica, tan impersonal con el paso de los años. Sebastián no asistió diciendo que estaba muy cansado. Los investigadores de la Guardia Civil nunca abandonaron completamente el caso. Cada cierto tiempo, cuando surgía una nueva tecnología o metodología, revisaban las evidencias.
En 2014 reexaminaron el piso de los campos con nuevos equipos de detección, buscando rastros de sangre o signos de violencia que pudieran haber pasado desapercibidos en 2003. No encontraron nada. La habitación de Nerea seguía intacta. Un santuario polvoriento a una niña que ahora si vivía tendría 22 años.
Algunos de los guardias civiles que habían trabajado en el caso original se habían jubilado. Otros seguían en activo y el caso Campos era para ellos ese que nunca pudieron resolver, el que los perseguía. José Manuel Fuentes, que había interrogado a Sebastián ese primer día, revisaba periódicamente el expediente buscando algo que se les hubiera escapado.
Había algo en ese abuelo, le decía a sus compañeros más jóvenes, algo que no encajaba, pero nunca pudimos probarlo. Y con los años empecé a dudar de mi propia intuición. A veces el cerebro busca patrones donde no los hay. La teoría más extendida entre los investigadores era que Nerea había sido secuestrada por alguien en esos 100 met entre la panadería y su portal.
Quizás alguien con un coche que la había visto sola la había abordado con alguna excusa y se la había llevado. El hecho de que el pan y el periódico estuvieran en casa era el único elemento que no encajaba con esta teoría. Pero se especulaba que quizás Nerea había ido primero a casa. Había dejado la compra rápidamente sin que Sebastián se diera cuenta.