A las 12:43 a. m., Mariana llama.
Dejas que suene una vez.
Dos.
Luego contestas.
Su voz sale afilada e inmediata, ya irritada. “¿Dónde están? Llegué a la casa y los dos no están.”
Aprietas más fuerte el volante.
“En el doctor.”
Una pausa.
Luego, demasiado rápido: “¿Por qué?”
Casi dices ya sabes por qué, pero te detienes. El consejo de la trabajadora social resuena en tu cabeza: no reveles todo de una vez, no discutas a solas, no regreses a la casa para “hablarlo”, no subestimes cómo se comporta una persona cuando se da cuenta de que está perdiendo el control.
“La espalda de Sofía está muy golpeada”, dices. “Me contó lo que pasó.”