“¡Tu casa es tan ruidosa durante el día!”

La mujer suspiró, se sentó en la cama y comenzó a llorar.

—Solo quería más tiempo —susurró entre sollozos—. Solo un poco más de silencio.

El impacto fue tan fuerte que perdí el control del cuerpo. Mi rodilla golpeó la estructura de la cama. El sonido resonó.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, con la voz ahora tensa.

Salí lentamente de debajo de la cama, con el teléfono apuntándola.

Nos miramos fijamente.

Era idéntica a mí.

El mismo cabello. El mismo rostro. La misma mirada cansada.

—¿Quién… quién eres tú? —logré preguntar.

Se llevó la mano a la boca, horrorizada.

—Soy tú —respondió—. O… la parte de ti que nunca salió de esta casa después de que Mark murió.

El silencio cayó pesado entre nosotras.

Entre lágrimas, me explicó todo: cómo había sufrido un colapso meses atrás, cómo había creado una rutina secreta dentro de su propia casa, entrando cuando yo salía, viviendo allí como si fuera otra persona. Una versión rota, atrapada en el pasado, gritando sola, discutiendo con recuerdos, reviviendo el dolor.

Los “gritos” que mi vecina había escuchado… eran míos.

O mejor dicho, eran de ella.

Ese mismo día pedí ayuda.

Fui hospitalizada durante algunos días. Comencé terapia. Enfrenté verdades que había estado evitando durante años.

Hoy, la casa está en silencio.

De verdad.

Y cada vez que me cruzo con la señora Collins, le doy las gracias por haberse quejado.

Porque, si no hubiera sido por aquel ruido, tal vez nunca habría descubierto que la persona más aterradora dentro de mi casa… era yo misma, intentando sobrevivir al dolor completamente sola.

Leave a Comment