A mí.
Mi hijo estaba en su silla de ruedas, con la cabeza gacha.
Sus manos apretaban los brazos del asiento, los dedos blancos de la tensión.
Vi cómo sus hombros temblaban.
Pero no dijo nada.
No se defendió.
No levantó la cabeza.
Sentí que el corazón se me encogía.
Ese niño que alguna vez fue mi orgullo… ahora era solo una sombra silenciosa, soportando los insultos de la mujer que decía amarlo.
Mi primer impulso fue entrar y gritarle. Ponerle un alto. Sacarla de mi casa a patadas.
Pero no lo hice. No aún.
Tomé aire. Me tragué el coraje.
Ese tipo de veneno no se combate con gritos. Se destruye con inteligencia.
Volví sobre mis pasos, salí en silencio por la puerta trasera… y al día siguiente llamé a mi abogado.
—Véndela —le dije—. Ni un peso menos de treinta millones. Y que nadie diga nada.
En tres días, todo estaba listo.
Vendí la casa donde crecí, donde creció Mateo… esa casa que Isabela creía que algún día sería suya.
No lo fue.
Mientras ella seguía creyéndose reina en su castillo ajeno, yo ya había hecho maletas.
Mateo y yo nos fuimos una madrugada, sin despedidas, sin hacer ruido.
Solo dejamos una carta.
La dejé sobre la mesa del comedor, junto a las llaves.
“A ti, Isabela: