Muchas personas que han visto al perro sobre la tumba aseguran que parece esperar, como si en algún momento su humano fuese a regresar. Esa paciencia, esa mirada fija, transmite una mezcla de tristeza y esperanza que estremece. Es inevitable que nos recuerde a historias similares, como la del famoso Hachikō en Japón, aquel perro que esperó a su dueño durante años en la estación de tren sin comprender que jamás volvería.
Detrás de esta escena también hay un mensaje poderoso para los seres humanos: la vida pasa rápido, las personas se van, pero los recuerdos y la lealtad permanecen. Los perros nos enseñan que el amor verdadero no se mide en tiempo ni en condiciones, sino en la entrega incondicional. Ellos no piden nada a cambio más que nuestra compañía y cariño, y aun cuando no lo tienen, siguen demostrando su fidelidad.
Quienes han estado cerca de este perro aseguran que no se aparta de la tumba. Incluso en días de lluvia o bajo el sol, lo encuentran allí, como si esa tierra fuera ahora su nuevo hogar. Algunos le llevan agua o comida, pero lo único que parece reconfortarlo es permanecer acostado sobre la tumba, guardando en silencio la memoria de su compañero humano.
No es raro que los animales desarrollen este tipo de conductas tras la muerte de sus dueños. Los expertos explican que ellos perciben el cambio, notan la ausencia y reaccionan con tristeza. Algunos dejan de comer, otros buscan incansablemente por la casa, y en casos tan emotivos como este, permanecen junto al lugar donde sienten que aún está su ser querido. Es su manera de despedirse, o quizá de no aceptar la despedida.