Yo tenía 67 años.
Había vendido mi departamento para ayudarlos a comprar esa casa.
Pagaba la hipoteca, el auto, los servicios… y hasta las vacaciones que presumían en redes sociales.
Pero en ese momento no grité.
No lloré.
No discutí.
Respiré.
La decisión
Me levanté despacio de la mesa.
—Gracias por la cena —dije con calma—. Ya no tengo hambre.
Subí a la habitación que me “prestaban”.
Abrí el clóset.
Tomé lo necesario.
Nada más.