Mi hija de 10 años murió… entonces nuestro perro encontró su suéter y me llevó a un descubrimiento completamente inimaginable.

Poco a poco, incluso el padre, aún muy débil, se adaptó a esta pequeña rutina. Observar a los gatitos, su fragilidad, su necesidad de ternura, apaciguó algo en su interior. Como si el amor de su hija siguiera fluyendo, de una manera diferente, abriendo un camino hacia  la resiliencia familiar .

Transformando la ausencia en un legado de amor

Cuidar a los gatitos se había convertido en un ritual. Una forma de levantarse por la mañana, de dar sentido a gestos sencillos. Una noche, la madre recogió la pulsera sin terminar y hojeó el cuaderno de bocetos. Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa se dibujó en su rostro.

La casa ya no estaba marcada solo por la ausencia. Vibraba con un legado invisible: el de la bondad, la atención al prójimo, el del amor silencioso que Emma había dejado.

A veces, los gestos más pequeños abren el camino más suave hacia la curación.

 

 

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