Tal vez el cielo no nos envíe mensajes secretos. Tal vez todo esto no sea más que un magnífico juego de luces. Pero no importa. Lo esencial está en otro lugar: estos instantes suspendidos nos obligan a levantar la cabeza, a respirar, a desconectarnos —de verdad—.
¿Cuándo fue la última vez que se tomó el tiempo de observar una puesta de sol sin hacer nada más? ¿De escuchar el silencio de la tarde sin deslizar mecánicamente la pantalla? Estos momentos de contemplación, simples y gratuitos, son verdaderos paréntesis de bienestar.
Así que la próxima vez que salga a caminar, tómese un minuto para mirar hacia arriba. Olvide los correos, las notificaciones, la carrera contra el reloj. El espectáculo del cielo cambia cada noche y no cuesta nada, salvo un poco de atención.