En la mayoría de los casos, estas mujeres realizan sus tareas sin guantes, sin mascarilla y sin ventilación adecuada. Durante horas, inhalán los vapores tóxicos que se desprenden al mezclar productos de limpieza, y esas sustancias ingresan al organismo a través de la piel, la nariz y los pulmones. El efecto no se nota de inmediato, pero con los años el cuerpo comienza a acumular ese “veneno silencioso” que puede derivar en alergias, tos crónica, irritación ocular, dolores de cabeza, dificultad para respirar y, en los casos más severos, enfermedades pulmonares o cáncer.
Lo más preocupante es que todo esto podría evitarse. Bastaría con tomar medidas básicas de protección: usar guantes, mascarillas, ventilar los espacios y reemplazar algunos productos agresivos por alternativas naturales. Pero la realidad es que muchas de ellas no reciben información ni capacitación sobre los riesgos de los químicos que manipulan a diario.
En algunos hogares, incluso se las ve trabajar en espacios cerrados, donde los vapores se concentran y el aire se vuelve una mezcla peligrosa de cloro y amoníaco. Ese tipo de exposición prolongada puede ser tan perjudicial como fumar un paquete de cigarrillos al día.