La primera foto es en blanco y negro. Frente a una pequeña iglesia, un joven con traje oscuro sostiene la mano de su esposa. Ella lleva un vestido sencillo, un ramo de flores claras, y en sus ojos brilla una promesa tímida. Son jóvenes, serios, un poco intimidados por el futuro. Ese día, aún no saben lo que el tiempo les exigirá, solo que han elegido caminar juntos.
La segunda foto es en color. Frente a la misma iglesia, décadas después, siguen allí. El cabello se ha vuelto blanco, los cuerpos más frágiles, pero sus sonrisas son más profundas. Ella se apoya suavemente en su brazo. Él la mira con la misma atención que antes. Las flores han cambiado, las estaciones también, pero no su vínculo.
Entre esas dos imágenes estuvo la vida: el trabajo, las dificultades, las alegrías sencillas, las pérdidas, los cumpleaños, los silencios compartidos y las risas inesperadas. Aprendieron que el amor no es solo una promesa, sino una elección que se renueva cada día.
Hoy, con 108 y 106 años, ya no necesitan grandes palabras. Su presencia uno al lado del otro es suficiente. Su historia recuerda que el amor verdadero no envejece: se transforma, resiste y atraviesa el tiempo, de la mano.