Una advertencia, no una condena
La frase atribuida a Jung no es una profecía fatalista. Es una advertencia sobre lo que puede ocurrir cuando los vínculos familiares no evolucionan con conciencia.
La vejez no convierte automáticamente a los hijos en enemigos.
Pero la falta de diálogo, resentimientos acumulados y luchas de poder sí pueden transformar el afecto en distancia.
La salida posible
El antídoto no está en la sospecha, sino en la claridad:
- Conversaciones honestas antes de que surjan crisis.
- Planificación patrimonial transparente.
- Límites saludables en ambas direcciones.
- Reconocimiento mutuo como adultos.
Jung recordaba que lo inconsciente gobierna nuestra vida hasta que lo hacemos consciente.
Tal vez la verdadera amenaza no sea que los hijos se conviertan en enemigos, sino que la familia nunca aprenda a mirarse sin máscaras.
Envejecer con dignidad implica también revisar las propias sombras… antes de que el conflicto las haga visibles.