La frase suena dura. Incómoda. Incluso provocadora.
Pero cuando se atribuye a la reflexión psicológica de Carl Gustav Jung, adquiere una profundidad distinta.
Jung no hablaba de enemistad literal en términos bélicos. Hablaba de algo más sutil y, a veces, más doloroso: el conflicto psicológico que puede surgir cuando padres e hijos no resuelven sus dinámicas inconscientes antes de llegar a la vejez.
En una etapa de la vida donde se espera compañía y gratitud, algunas personas mayores experimentan distancia, tensiones económicas, decisiones unilaterales o incluso disputas patrimoniales con sus propios hijos.
¿Por qué ocurre?
La inversión de roles: cuando el poder cambia de manos
Durante la infancia y juventud, el padre o la madre representan autoridad.
En la vejez, esa dinámica puede invertirse.
Cuando los hijos asumen decisiones sobre salud, finanzas o vivienda, el adulto mayor puede sentir que pierde control sobre su propia vida. Lo que para el hijo es “protección”, para el padre puede vivirse como “desplazamiento”.
Jung describía que el conflicto surge cuando ninguna de las partes acepta el cambio de rol con conciencia.
Si el padre no logra soltar el antiguo poder y el hijo no aprende a ejercer el nuevo sin autoritarismo, la relación puede transformarse en lucha.
Proyecciones no resueltas
Uno de los conceptos centrales en la psicología junguiana es la proyección.
Muchas veces, los hijos cargan heridas infantiles que nunca fueron integradas. Expectativas no cumplidas, comparaciones, ausencias emocionales.
En la adultez, esas experiencias pueden reaparecer bajo la forma de resentimiento latente.
El hijo ya no discute con el padre real, sino con la imagen interna que construyó durante años.
En la vejez, cuando el padre se vuelve más vulnerable, ese conflicto puede intensificarse.