Un hombre que ama someterse a su esposa

lo que buscaba no era el dolor ni la humillación, sino renunciar al control. Y fue con su esposa, Élise, con quien finalmente se atrevió a nombrarlo.

Élise no era dominante por casualidad. Observaba, escuchaba y comprendía. Cuando Marc le confesó su fantasía —su deseo de ser guiado, encuadrado y someterse a su autoridad dentro de un marco definido y consensuado— ella no se rió. Hizo preguntas. Durante mucho tiempo. Con seriedad. Con respeto.

Establecieron reglas. Palabras de seguridad. Límites claros. Lo que hacían no era un desequilibrio, sino un pacto de confianza absoluta.

En su juego, Élise se volvía firme, exigente y segura de sí misma. Su voz cambiaba, al igual que su postura. Marc, en cambio, encontraba una extraña tranquilidad en esa obediencia elegida. Cada gesto tenía un sentido, cada orden era un recordatorio: estaba a salvo. Sumiso, sí —pero nunca humillado.

Lo que más sorprendía a Marc era esa paradoja:
cuanto más se sometía dentro de ese marco íntimo, más libre se sentía en el resto de su vida.

Cuando la sesión terminaba, Élise volvía a ser dulce. Lo atraía hacia ella, lo miraba a los ojos y se aseguraba de que estuviera bien. Allí, en ese cuidado posterior, Marc comprendía la verdad de su vínculo:
la dominación no era una toma de poder, sino un don reversible, frágil y precioso.

Su amor, fuera de esa fantasía, seguía siendo equilibrado, tierno y lleno de afecto. Pero en ese espacio secreto que habían construido juntos, Marc encontró algo que nunca había sabido cómo pedir:
el derecho a soltarse, sin vergüenza.

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